Odio los aviones, solo por Nikolay podría
pasar 4 horas en un avión.
La mano
de Cora temblaba al llevar el vaso de agua a sus labios. Por la ventanilla se
veían las pequeñas luces de la ciudad, anunciando la llegada a Puerto Negro 5.
La
azafata anunció que el vuelo estaba próximo a aterrizar y que debían levantar
las mesitas y tirar a la basura cualquier bebida o alimento. Cora depositó el
vaso de plástico vacío en el contenedor de la azafata, apretó su cinturón de
seguridad y cerró los ojos pues no deseaba ver el aterrizaje. Ver como la
tierra se hacía más y más grande aumentaba la ansiedad y miedo que le carcomían
por dentro.
Los
accidentes en aviones ya no son tan comunes como hace 20 años, cuando las enerkikas, olas de energía provenientes
de los abismos, azotaban los aires provocando fallas en los instrumentos de
navegación. Ahora existen dispositivos tecnológicos que neutralizan el efecto
de las enerkikas, lo cual supone un
vuelo seguro. No es algo que a Cora le importe, una vez al año se sabía de un accidente
aéreo, eso era suficiente para nunca poner un pie en un avión.
Abrió
el ojo izquierdo un momento para mirar a través de la ventanilla. Puerto Negro
5 se veía imponente, desafiando la oscuridad casi permanente con sus rayos de
luz en edificios y calles. Cómo extrañaba la ciudad, su gente mestiza y barrios
austeros. A pesar de lo mucho que amara Puerto Negro 5, Cora tenía miedo de
volver a casa después de 3 años. Miedo de la razón por la cual regresaba. Miedo
de lo que dejó ahí hace 3 años y que volvería a ver.
Una hora Nikolay, espera por mí una hora.
Veinte
minutos después, atravesaba la caseta de migración, caminando rápidamente, con
maleta en mano, hacia la salida de la terminal para tomar un taxi lo más rápido
posible.
“¿Necesitas
que te lleve?” Preguntó una voz familiar a su espalda. Cora cerró sus ojos y
tomó un respiro profundo, los abrió y se dio la vuelta para ver cara a cara al
dueño de esa voz llena de dolor y recuerdos.
“Sergey”
Dijo en el tono más tranquilo que pudo pronunciar. Sergey estaba frente a ella,
cabello negro despeinado a los hombros, su piel blanca y muy pálida, más de lo
usual, círculos negros rodeaban sus ojos que en lugar de ser de un celeste
brillante, se veían opacos y sin vida. A pesar de medir 1.80mts y con su traje
gris y corbata impecables, Sergey se veía pequeño, se notaba en él una
vulnerabilidad como de niño. Cora lo había visto así solo una vez, cuando ella
dejó Puerto Negro 5 camino a Canadá, hace 3 años.
Cara de póquer. Pensó mientras apretaba
fuertemente la agarradera de su maleta con su puño, sin embargo no pudo
disimular en su rostro el dolor al ver nuevamente a Sergey. Su pulso se aceleró.
Sergey
sonrió, pero la sonrisa no se reflejó en sus ojos.
¡Maldición! Un libro abierto, así soy yo.
“Me da
gusto verte. Te ves muy bien.”
Cora
hizo una mueca, sabía que ella se veía igual o peor que él. Su cabello rubio estaba
recogido en una coleta desordenada, y estaba segura que todos esos pañuelos
desechables limpiaron su cara de maquillaje, mientras lloraba en el avión. Su
ropa, por otro lado, aunque un poco arrugada, estaba presentable. Sabía que esta sería una larga noche,
debía verse casual pero con un toque de dureza que mostrara autoridad y
fortaleza, eligió unos jeans deslavados y rotos en los muslos, sus zapatos de
tacón Louboutin rojos favoritos, blusa cuello halter blanca y chaquetilla de
piel café. La chaqueta de piel era la prenda que denotaba autoridad, pues en la
espalda tenía las marcas del clan SanLlorente que mostraban su posición de
tercera a la sucesión de cabeza del clan.
“¿Nicolay?” Un destello de dolor apareció en los ojos de Sergey ante la
pregunta, no intentó ocultarlo.
“Dame
tu maleta.” Dijo extendiendo su brazo. Cora le entregó la maleta con cuidado de
no tocar sus dedos. “Será mejor que te ponga al corriente durante el camino a
casa.”
Sergey
avanzó hacia el estacionamiento, Cora se quedó un momento parada, absorta en
sus pensamientos, mirando el pavimento a sus pies.
Casa. ¿Seguirá siendo mi hogar cuando Nicolay
no esté?
Como si
hubiese leído su mente, Sergey dijo “Casa, nuestro hogar, es donde estemos
Charles, tú y yo, porque somos una familia, ese el legado de Nicolay.” Tragó
saliva y miró a Cora con ternura. “Y como familia, compartimos el dolor,
perdonamos, y nos mantenemos unidos ante todo. “
“Ante
todo …” Susurró para sí misma.
“No más
distancia entre nosotros.” Los ojos de Sergey estaban vidriosos. Cora no sabía si se refería a la distancia
física entre ellos, o al abismo emocional que los separaba. De reojo, observó a
Sergey, las líneas de su traje delineaban unos hombros y espalda que, aunque
musculosos, no eran lo que habían sido hace 3 años, perdió peso.
Es bueno saber que la separación no fue fácil
para él. Para mí fue un infierno.
Ese era
momento de perdonar, de dejar a un lado el pasado y tomar el lugar que le
correspondía. Nicolay moriría en cualquier momento, Charles, Sergey y ella
necesitarían presentar un frente unido. El futuro del clan dependía de ello.
Tomó un
último respiro, levantó su rostro y caminó hacia Sergey, parando a unos
centímetros de su cuerpo.
“No más distancia. He regresado para quedarme.”